“Entre el Nobel de la Paz y la prepotencia”, es otro título posible para esta columna. Porque en tiempos como los que están transcurriendo en estos últimos años -desde la invasión de Rusia a Ucrania y la descomunal acción destructiva y criminal de la FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) como respuesta inmediata al brutal ataque de los activistas de Hamás- la racionalidad del Derecho Internacional no encontró calce.

Solamente por ello mismo -y no por otras cuestiones bélicas y de violencia insurreccional en el mundo- la ONU, luego de sus 80 años cumplidos en octubre de 2025, ha disminuido su injerencia obligada y necesaria sin haber podido coronar una efectiva actuación en estos escenarios. Casi como “ausente sin aviso”. Pero, eso sí, de una irrelevante y pasiva actitud de conformidad con esa capitis deminutio que entristece a la vez que roe los logros de su trayectoria octogenaria. Y, esencialmente, los principios pétreos ordenados en su Carta de 1945.

Abordamos esta columna valiéndonos de los datos de una realidad que, pese a la andanada de informaciones falsas, tergiversadas con auxilio (o “complicidad” pasiva) de la IA, o simplemente acotadas, nos permiten hallar expresiones de una prensa libre. Prensa interesada en sobrevivir en un espacio donde cada vez cuesta más, en términos económicos, mantenerse en carrera. Difícil tarea entre la espesura de un bosque donde la primacía de los valores monetarios se hace sentir sobre cualesquiera otros de puras raigambres éticas.

Carta de la ONU

Casi ninguna evolución en sus 80 años tuvo el texto de las Naciones Unidas, que surgió como llevando una brisa primaveral a esa etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial (IIGM), que clausuraba sus consecuencias trágicas en la vastedad del continente euroasiático. Algunas de las prescripciones del texto de la Carta suenan como rarezas dentro del cuerpo normativo, a la vez que instalan procedimientos de esencia democrática que caen con un estrépito propio del absolutismo.

Lo que más se sabe –y se cuestiona frecuentemente- de “la Carta” es ese privilegio del veto a las resoluciones del Consejo de Seguridad (CS). Modificado que fuera en su composición (pasó por enmienda del artículo 23, en 1967, de 11 miembros a 15), siempre estuvieron los cinco permanentes: Estados Unidos, China, Francia, URSS (hoy Rusia) y Reino Unido, condecorados por la victoria en la IIGM con el galardón del veto.

Las resoluciones del CS se aprueban con nueve votos, entre los que deben estar todos los de los miembros permanentes. Y si, por caso, una resolución obtiene 14 votos, (los 10 de los no permanentes y 4 de los permanentes) el único voto negativo (o veto) de un permanente echa por la borda la resolución. Cualquiera sea su importancia y el contexto histórico en el que se la vota.

Para más sorprender, al tiempo de pretender reformar la Carta (una tentación en reiteradas épocas planteada) el Capítulo XVIII “Reforma” es un impedimento de hierro. En toda resolución de reforma es imperativo que “los cinco miembros permanentes” estampen sus respectivas firmas. Si no, no hay reforma. Tan simple como la palabra absolutismo. Ochenta años duró ese absolutismo. Y le espera todo el futuro, del mismo color oscuro de los absolutismos como suelen darse en variadas vertientes organizativas de la sociedad mundial.

El tema “Palestina”

Alguna vez dijimos que la famosa resolución 181 (II) de la ONU del 29-11-47 que se congeló como “partición de Palestina” debería llamarse “el parto de los siameses”. Y que era responsabilidad de los intervinientes en el caso procuraran la sobrevivencia de las dos criaturas, separadas y con buena perspectiva vital para ambas.

Hoy, a casi ocho décadas del “parto”, la realidad es tan distinta como la que existe entre los palestinos que pugnan por sobrevivir en la tierra que les adjudicó la ONU (Gaza y Cisjordania) y los colonos judíos que se instalan con la conformidad del Estado de Israel, que les provee financiamiento para sus viviendas y actividades colonizadoras como si fuese en territorio israelí.

La infinidad de resoluciones de la Asamblea General de la ONU destinadas a poner de relevancia el derecho de los palestinos a conformar su patria soberana e independiente como consecuencia la tan mentada Resolución 181 (II) de 1947 no hacen mella en la resistencia estadounidense. que deviene en un ofensivo tratamiento del Derecho Internacional. Paso a paso, sin que se evidencie voluntad en pro de aquella ya emblemática expresión “de los dos estados”, Estados Unidos -y particularmente de “la mano de Trump”- no se ha esmerado en disimular la absoluta preferencia por los derechos e intereses de Israel. Antes bien, ha consolidado los precedentes como una afirmación solemne del derecho de Israel.

Argentina/Palestina

Aunque rimen, el Gobierno de nuestro país se esmeró en alinearse con el de los EEUU respecto del derecho de los palestinos. Si bien Palestina (¿qué Palestina?, vale preguntar) por una resolución de 2012 de la Asamblea General de ONU fue declarada “Estado observador”.

La Asamblea de la ONU votó en mayo de 2024 una resolución por Palestina de la que surge una muy amplia mayoría (143 Estados, de los 193 miembros de la ONU) que ha votado a favor. En contra, solo nueve países entre ellos EEUU, Israel, Argentina, la República Checa, Hungría y 25 se han abstenido, en esta resolución, copatrocinada por Irlanda, España, Bélgica y Noruega, junto a más de setenta países.

Finalmente, como sucede en las películas del “oeste norteamericano”, siempre gana el “ator” (tucumanización de actor). El que tiene los rifles y las balas. ¿Cuánto ganó Argentina con su “no” para no desentonar con Trump y Netanyahu? ¿Cuánto perdió por esa indignidad de someter sus decisiones internacionales a terceros intereses? Malvinas necesitará apoyos (ahora en el Comité de descolonización de la ONU), muchos apoyos en los mismos foros. ¿Se entiende? ¿Lo entienden quienes articulan la política exterior argentina y arriesgan con edulcorados apoyos a políticas ajenas del ámbito internacional?

A la sombra a la ONU, Trump elaboró un plan que “vendió” en medio de un clima en Davos donde no se terminaron de entender sus amenazas por Groenlandia (y de paso ¡a Canadá!) a sus socios en la OTAN con esa munición nueva: arancel (“balancel”).

Semejante “Junta de paz” o como se llame es tan malformada y pretenciosamente “justa y honorable” que, en los hechos, es dejar a la ONU donde está, al borde del East River neoyorquino. Esta es razón suficiente para que en esta columna no nos ocupemos de sus mal elaborados veinte puntos. Una aventura colonialista trumpeana para beneplácito de Israel.

Lo señalamos: nada de nada se dice de Cisjordania, de los territorios ocupados militarmente desde 1967 y con miles de viviendas construidas por Israel; luego, la guerra colonialista iniciada el 5 de junio de ese año. La Resolución 242 de 1967 del Consejo de Seguridad nunca fue cumplida por Israel: “retirarse de los territorios ocupoados en el presente conflicto”. ¿“Los dos Estados”?